Los profesores se dedican a enseñarte cosas supuestamente útiles como los logaritmos y cosas supuestamente ciertas como que Chile es tricontinental, mientras los alumnos se dedican a creerles y confiar en que les están entregando todo lo que necesitan. Se supone.
Al menos eso cree la única estudiante de esta obra, la que el día de la marcha de los pingüinos espera sola en medio de la sala, a su profesor. Tiene que dar una disertación sobre Buda, el pacifista que postuló que el sufrimiento humano es provocado por el deseo. El deseo de obtener algo.
El profesor no llega y ella espera, mientras sus compañeros marchan motivados por el deseo de cambiar las cosas.
Hasta que llega el profesor. Cansado, desilusionado y bastante amargado. Pero es uno de eso amargados simpáticos, de los que son capaces de reírse de sí mismos, regalando minutos de sinceridad.
En medio de la sala vacía el profesor no quiere escuchar nada sobre budismo. Solo quiere hablar, botar la amargura acumulada por pasarse años enseñando cosas que ni él se cree, diciendo cosas que alguna vez se prometió no decir.
La alumna, la única alumna que no está allá afuera marchando, quiere ayudar a su profesor, rescatarlo del lado negro. Él no quiere nada, le parece que es demasiado tarde, que es demasiada la ingenuidad. A lo mejor porque es más cómodo quedarse ahí. O a lo mejor porque tiene razón.
"Clase" enfrenta a dos generaciones y sus respectivas banderas ideológicas. En ella la marcha de los estudiantes es un pretexto para confrontar a una niña ingenua y un profesor amargado, pasando por temas que van desde las penas de amor a la discriminación social. Todo en un tono de humor dado por el juego de la jerarquía profesor-alumno, que se rompe cuando él se saca la máscara de profesor-políticamente-correcto mientras ella intenta darle una lección.
La obra es el profesor indignado, su rabia y la mejor clase que pudo haber dado. La alumna por otro lado, pasa de ser la niña dulce y matea que cree en Buda a una escolar que habla con frases que le quedan grande, lo que descoloca un poco, haciendo difícil entender al personaje. No es que lo haga mal, pero uno no le cree del todo.
A pesar de su pesimismo y conformismo, el profesor conmueve con su honestidad, un tipo confiable que se contradice permanentemente, todo interpretado de gran manera. Es ahí donde uno ve que a pesar de su pena, todavía tiene ganas de volver a creer. Creer en las protestas, en el amor y en que el esfuerzo sirve para algo.
Eso hace que el personaje del impecable Roberto Farías sea tan real como uno. Porque uno a veces siente la vida diaria como él, pasamos de tener ganas de mejorar las cosas a declarar implacablemente que "el mundo es una mierda". Acá el profesor indignado se cuestiona todo, por un lado desde su traje de maestro y por otro desde sus zapatos de hombre triste. Zapatos que, en alguna medida, nos calzan a todos.
Link a la zona: http://bit.ly/97OHVa
Blog de alguna de las cosas que he escrito y se han publicado.
miércoles, 10 de marzo de 2010
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