Desde la azotea de un edificio las “niñas araña” miran Santiago de noche, preguntándose si ahora que están más arriba alguien las va a mirar. Aburridas de sus "callampas", tres amigas que después de haber pasado por todas sin haber conseguido nada, deciden salir solitas a escalar para ver mejor: Yasna, que con su rabia y determinación es la líder del grupo; Elizabeth, la que quiere verse bonita para salir bien en la tele; y Nicole, la más piola que con su inocencia equilibra el grupo.
Escalan y se meten en casas ajenas. Tal como "Ricitos de oro", la idea es no dejar huellas de que anduvieron ahí. Sólo entrar, probar las cosas que nunca van a tener, e imaginarse que son otras personas por un rato, para después irse y volver a ser las de siempre. Así pasan las tardes, de casa en casa tomando prestadas vidas ajenas para olvidarse de la propia, donde tampoco las echan mucho de menos.
A pesar que la obra tiene un par de escenas que no se entienden del todo, estas tres niñas-mujeres te hacen reír con sus leseras de cabra chica y su inocencia a medio camino; enternecen con sus historias tristes de personas que tuvieron que crecer antes de tiempo.
Sin el afán de que te pongas "de su lado", las niñas araña te hacen pensar en que todo el mundo tiene derecho a jugar un rato, que habiendo tanto juguete nuevo que nadie ocupa se entiende que ellas quisieran ir por ellos. Que tres adolescentes marginadas también tienen ambiciones, y que como no tienen casi nada, buscan donde sobra.
A pesar de ser "menores de edad" ya no les queda nada de infancia, y a medida que discuten sobre sus próximas andanzas, se van dando cuenta que esto involucra más que un simple juego y que ahora sí quieren dejar huellas: Yasna tiene rabia, Elizabeth opina que no hay que ser resentida pero igual se muere de pena, y Nicole se pregunta si poniéndole nombre de cuico a su hijo le va a ir mejor.
Con la música triste que se encontraron en un iPod, finalmente prefieren callarse y mirar las luces de esa ciudad que tapa sus casas callampa con edificios altos y carreteras modernas, obligándolas a crecer pero impidiéndoles surgir. Luces que las invitan para luego esconderlas. Es ahí cuando se acaban las frases chistosas y ganan las miradas perdidas. Se acaba la risa y una les respeta el silencio, cómo cuando algo se muere súbita y absurdamente.
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Blog de alguna de las cosas que he escrito y se han publicado.
miércoles, 10 de marzo de 2010
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