La serigrafía la hice yo.
El problema del corazón es que nunca deja de ser ni joven ni idiota: Cuando uno está despechado, por quien sea y de la manera que sea, vuelve a sentirse como un niño abandonado, como la persona más tonta del mundo.
En esta adaptación de la obra de Anja Hilling, seis personas viven en un edificio. Todos solos, todos rotos, todos sintiéndose incapaces de mirar de verdad a alguien, pero todos desesperados por hacerlo, por encontrar una mano que les revuelva el pelo mientras se duermen.
Un día, a partir de una encomienda que rebota desde una inexistente dirección en Australia, estos seis personajes se encuentran: La acción gira en torno a este paquete, volviendo atrás a una escena en particular. Así la obra comienza a revisar ese instante desde la perspectiva de cada uno de los personajes.
Lo mejor de todo es la escenografía, los personajes caricaturizados y el momento en que la obra se devuelve para contar lo mismo desde otro punto de vista: Cuando esto sucede se proyectan cómics dibujados en transparencias por Joaquín Cociña.
Eso junto a música tocada en vivo y compuesta por Ángela Acuña, temas de melodías casi de cuna, casi de 31 Minutos, casi brechtianas, ayuda a dar la impresión que lo real son los dibujos, y que los actores que se levantan -saliéndose del marco del cómic para dar tridimensionalidad a la historia- son su representación.
Los dibujos, las canciones y las actuaciones, hacen que esta historia de personajes buscando a quien decirle buenas noches se mueva en una deliciosa frontera: Ni tan en serio ni tan en broma.
Finalmente la obra es un cuento tragicómico. O sea que si andas triste puede que salgas con una risa confusa, de esas con gusto a pena, y si andas feliz y enamorado por la vida, probablemente todo te va a parecer muy chistoso.
De todas maneras te ríes y se te paran los pelos con las canciones (bueno, si andas sensible), recordando tus momentos patéticamente tristes, esos cuando te sentías la persona más idiota del mundo, abandonad@ en un rincón, despechad@ y sintiendo que nadie sufre más que tú.
Esos instantes llenos de egocentrismo en que el amor no correspondido nos encierra en nosotros mismos, atrapándonos en esa tonta certeza de sentir que vives la peor de tus penas. Como si nadie más tuviera un joven corazón idiota que volver a armar.
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