Columna publicada en Zona.cl (2006)link: http://bit.ly/aCqubM
Vivimos en el kitsch, con los ojos perdidos mirando para atrás, masticando el mismo chicle que otros masticaron hace rato hasta dejarlo sin sabor.
En algún momento nos dijeron que ya era hora de pararse afuera y descubrir cosas nuevas solitos. Pero afuera olía a que había habido una fiesta y que todos ya se habían ido a acostar. Del optimismo de “podemos cambiarlo todo”, el mundo pasó a la derrota de “hagas lo que hagas, todo va a seguir igual”. Y a mi generación le tocó la resaca de todo eso.
Ahí estamos, columpiándonos entre el “me gustaría haber sido…” y el intento de lograrlo. Queremos caminar en línea recta pero estamos siempre dando vueltas, como si no pudiéramos dejar de acordarnos de ayer, conformándonos con platos repetidos, convirtiéndonos en parásitos de algo que no nos pertenece, de algo que fue de otros, quejándonos de que parece que no hay nada nuevo, que todo siempre es lo mismo.
Kundera dice que el kitsch es una estación de paso entre el ser y el olvido. Ahí están los viejos: viven recordando algo que pasó, algo que en algún momento fue de ellos, con la ilusión de dejarlo estampado para siempre.
Nosotros en cambio vivimos un kitsch que no nos pertenece. El pasado de otros es nuestro simulacro de historia propia. Porque cuando nos tocó apostar, las cartas parecían ya estar jugadas, no nos quedó otra que buscar en el baúl de la pieza chica algo viejo que ponerse y jugar a los ochenta, a la paz y el amor, a la ropa usada o a escuchar “música para encerar”, a gritar en los paros de la U para sentir que tenemos un motivo para levantarnos jurando que podemos cambiar el mundo. Pero en realidad nadie sabe muy bien por qué ni contra quién grita, simplemente porque no tenemos nuevas soluciones que proponer. La gótica vive en la Edad Media, Hirsch en Allende.
En realidad peleamos contra nosotros mismos: como no somos capaces de inventar algo nuevo, nos engañamos con recuerdos y restos de una historia ajena, jugando a que esto es de verdad. Pero sólo jugando. Y así no vamos a ganar nunca.
Entre tanto juego me perdí. No me quedó otra que agarrar mi viejo peluche inventándome que no puedo dormir sin él. Porque así como mis amigos rayan con Plan Zeta, yo rayo con mis zapatos viejos. Esos en los que sigo pegada, y en los que quiero caber de nuevo.
Creo que perdimos la capacidad de creer. Nos dio la impresión que ya estaba todo hecho y dicho; optamos por sentarnos a tomar y así anestesiar la angustia de no tener algo de que agarrarse. Nos frustramos antes de intentar. Por eso vivimos en el kitsch, por eso nos apropiamos de las canciones de nuestros viejos. Nos volvimos una estatua de sal mirando para atrás.
Tengo un nudo en la garganta que me molesta. Sé que mis amigos también, pero nadie dice nada. Ellos porque se anestesian con piscolas. Yo porque no me atrevo a preguntar. Porque en realidad tampoco tengo nada que proponer y sé lo que me van a decir: que deje de dar jugo, que mejor me tome un trago y baile reggaetón con ellos. Entonces les digo que “bueno ya, sírveme un poco” para ver si el nudo se va por un rato. Pero no se va a ir mientras no tengamos algo nuevo que decir, mientras no dejemos de buscar en el viejo baúl para poder salir a la calle y sentir que algo nos pertenece.
No hay comentarios:
Publicar un comentario